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Con Mentalidad de Bendecido

Pr. Emir Fures

Tomado del libro Con Mentalidad de Bendecido del pastor Emir Fures a publicarse próximamente.

Introducción

La posibilidad de llegar a ustedes a través de las páginas de este libro, me hace sentir más que bendecido.
En cuanto al tema que me dispongo a tratar quiero expresar que es mi intención echar un manto de luz sobre una gran necesidad que —en estos tiempos— siento y observo en todos aquellos que conformamos el Cuerpo de Cristo.

Se trata de la falta de un claro entendimiento, acerca del alcance que deberíamos darle a la revelación de la Palabra de Dios sobre el punto en el cual habla acerca de que somos herederos y coherederos con Cristo de todas las riquezas que Dios, el Padre, ha preparado para nosotros.

Y en la expresión “todas las riquezas del Padre”, me estoy refiriendo —específicamente— a lo que Jesús expresó en San Juan capítulo diez versículo diez: “…yo he venido para que tengan vida y para que la tengan en abundancia.”

Pero antes de profundizar en su desarrollo, me gustaría contar algunas cosas de mi vida, y también manifestar cómo surgió la idea de publicar este libro.

Habiendo crecido en un ambiente pentecostal, puedo expresar que en ese contexto era común y frecuente escuchar frases como ésta: “la letra mata…”. Siendo adolescente, éstas y otras cosas despertaban mi curiosidad, y fue también en esa etapa de mi vida en la que comencé a ser marcado por un fuerte llamado de Dios al ministerio. Mi encuentro con el Señor fue cuando sólo tenía dieciséis años.

Eran tan intensos mis deseos de entender más y mejor el contenido de la Biblia, que ya en la década de los setenta, me inscribía en todo curso bíblico que llegaba a mis manos. Y hoy al ver los certificados obtenidos en cada una de esas incursiones que me permitieron adentrarme y profundizar en el conocimiento de la Palabra, puedo ver que esa necesidad de conocimiento me llevó por medio de correspondencias a distintos lugares de mi país y también a otros países como México y Ecuador. Como ven ¡tenía hambre de conocimiento de la palabra de Dios y de Dios mismo!

Y no puedo dejar de mencionar aquí y ahora cómo era la iglesia en la cual me congregaba. Por algunas circunstancias, dicha iglesia fue mermando en el número de asistentes, a tal punto que se redujo a unas pocas familias, entre las cuales —obviamente— estaba la mía. No es difícil imaginar que los obreros eran pocos, y como pasa siempre, el trabajo era mucho. Así que ya siendo muy jovencito presidía reuniones, dirigía las canciones y ¡hasta predicaba!, de acuerdo a lo que entendía y sabía en esa época. Hoy, pensando en esos tiempos me sonrío y digo: ¡pobre gente la que tenía que escucharme!

Aquello no fue sencillo, especialmente, por mi corta edad e inexperiencia en el ministerio. Sin embargo, no me amedrenté y me determiné a seguir, por ello tuve oportunidades únicas pues la ausencia casi permanente de líderes de la sede central de la iglesia, me obligo —en más de una ocasión— a oficiar como evangelista, como pastor, como anciano u ocupando el rol que hiciera falta. Y con el correr de los años la historia de esa pequeña iglesia, fue cambiando.

Y yo también fui parte del proceso de cambio, por ello comencé a cursar estudios teológicos en un Seminario Bíblico, pues entendí que al fuerte llamado de Dios para mi vida, debía sumarle capacitación. Paralelamente, me fui dando cuenta de que era inevitable e imprescindible entrar y transitar la escuela de la experiencia en la obra del Señor, escuela en la que más tarde —necesariamente— mi esposa y mis hijos se vieron involucrados, puesto que ellos, en su momento, también fueron marcados por el llamado del Señor al ministerio cristiano.

Y aunque es fácil de imaginar, quiero aclarar que crecí en un hogar en el cual había muchas limitaciones económicas. Mis padres tuvieron “apenas” nueve hijos y dieron todo de sí, para que no les faltara alimento ropa y estudio. ¡Por eso los amo!

Desde niño, conocí el mover de la iglesia evangélica pues fue parte de la vivencia religiosa y cultural de mi familia. Aún tengo grabada en mi memoria la imagen de mi papá enseñándome a tocar los primeros acordes en una guitarra, instrumento que ejecuté por varios años, y que fue parte de la “orquesta” de nuestra humilde iglesia. Y fue a los once años, cuando finalmente pude ser dueño de mi primera Biblia, la cual adquirí después de hacer una “changa” con mi abuelo Feduca.

Durante las décadas de los años setenta y ochenta, quienes predicaban el evangelio en la región en la cual vivía con mi familia, lo hacían con toda pasión y entusiasmo. Y creo con toda convicción, que Dios los usó en la medida de la revelación que tenían en esos tiempos, para que muchas personas conocieran a Cristo y fueran sanadas y bendecidas.

Pero en el mensaje de esos predicadores había un fuerte énfasis en el concepto “cielo”. Todos nos emocionábamos y llorábamos cuando nos decían a través de la Palabra que en el Cielo, las calles eran de oro y el mar de cristal, pero también nos impactaba escuchar que —finalmente— todo sufrimiento terminaría por dos posibles acontecimientos: o el Señor nos llevaba con Él a través de la muerte, o bien Cristo aparecería para llevar a su Iglesia al cielo, ¡en cualquier momento!

Es necesario que consideremos el contexto en el cual se fueron desarrollando los hechos que conforman la historia y la realidad de nuestra América Latina, por mucho tiempo postergada y, además, contaminada por una ideología religiosa que se afirmaba en la creencia de que la espiritualidad se alcanzaba sólo en la pobreza.

Recuerdo en este momento la frase de un himno que —en aquellas épocas— nos gustaba cantar y que decía: “Si sufrimos aquí, reinaremos allá…”. Siempre pensando en la gloria del Cielo. Por supuesto que después del largo camino que he recorrido puedo ver y entender que muchas de esas canciones expresaban el dolor de una Iglesia azotada por la persecución.

Tampoco puedo dejar de expresar en esta instancia, que había un tema sobre el cual nos gustaba predicar y que nos predicaran: ¡la inminente venida del Señor! Por ese entonces pensábamos, que no era necesario ir a la universidad porque pronto Cristo vendría ¡Había que predicar, y no podíamos perder el tiempo en otros menesteres! Ése era el gran mensaje desde los púlpitos.

¿Por qué y para qué preocuparse en tener una buena casa o un buen pasar económico, si todo eso iba a quedar para el Anticristo? ¡Pronto seríamos arrebatados! Y como era lo que oíamos permanentemente, trabajábamos en ese sentido.

Cuando apenas tenía diecinueve años, junto a un grupo de jóvenes de la congregación realizábamos campañas de evangelización al aire libre, improvisando plataformas de madera y sistemas rudimentarios de luces para iluminar el lugar y atraer a la gente. A pesar de los escasos recursos que teníamos, sólo veíamos el lado positivo, pues muchas almas venían a los pies de Cristo, había enfermos que sanaban y endemoniados que eran liberados de toda ataduras demoníaca.

Y también debo reconocer que nuestra predicación ponía un énfasis especial en que la venida del Señor era inminente y por lo tanto, las cosas materiales no importaban, pues aunque éramos pobres lo que realmente tenía valor para el ser humano, era pensar en la vida eterna y en la gloria del cielo. Simplificando un poco el desmedido énfasis escatológico de aquel momento, hoy entiendo que aquel mensaje proclamado con tanta fuerza y pasión nos preparaba para vivir en el cielo, pero nos dejaba inoperantes para funcionar en la tierra.

Quiero dejar bien en claro que creo en el Cielo y también en la venida de Cristo, pero también entiendo que la Biblia está llena de verdades y principios para ser aplicados a nuestra vida diaria, con nuestra familia, en nuestros negocios y empresas, para ser personas exitosas, con el fin de tener, no sólo argumentos teológicos para compartir el evangelio del Reino, sino también el testimonio de una vida con evidencias reales de ser “benditos de Dios”.



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